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El movimiento sonidero forma parte de la historia urbana, musical y corporal de la Ciudad de México.
Desde mediados del siglo XX, la circulación de música tropical latinoamericana, las tecnologías de amplificación y las formas de encuentro construidas en barrios populares fueron configurando una cultura en la que música, baile, territorio, identidad y vida colectiva se producen de manera inseparable.
Su desarrollo está ligado a procesos de migración interna, crecimiento de la ciudad, apropiación del espacio público y circulación de músicas provenientes de distintos territorios de América Latina. Barrios como Tepito, Peñon de los Baños, San Juan de Aragón y Tacubaya fueron algunos de los lugares donde fiestas familiares, vecinales y callejeras comenzaron a construir formas particulares de escuchar, bailar y reunirse.
Con el tiempo, el movimiento sonidero atravesó generaciones y geografías, produjo sonidos, estilos, códigos, archivos, formas de pertenencia y maneras particulares de habitar el espacio colectivo.
Pero una historia no sucede solamente en las fechas. Sucede también en los cuerpos.
Un movimiento observado puede viajar hacia otro cuerpo. Un paso puede heredarse, copiarse, transformarse, olvidarse y reaparecer años después. Una manera de bailar puede contener una familia, una calle, una generación, una amistad.
El cuerpo recuerda haciendo. Y fue precisamente esa dimensión la que decidimos investigar.
Archivo Movimiento Sonidero no pretende construir una historia total del movimiento sonidero ni explicar la totalidad de sus dimensiones musicales, sociales o culturales.
Nos acercamos desde aquello que constituye nuestras propias prácticas artísticas: el cuerpo, el movimiento, la imagen y la construcción audiovisual. Nos preguntamos qué sucede si observamos el baile no solamente como consecuencia de un fenómeno musical o social, sino como un lugar donde se produce, conserva, transmite y transforma conocimiento corporal.
Durante un año realizamos un proceso de inmersión en distintos espacios de la Ciudad de México: Iztapalapa, Tepito, Peñón de los Baños, La Merced, Deportivo Oceanía; bailes callejeros y privados, salones, mercados, celebraciones religiosas y encuentros comunitarios.
La entrada al campo, se construyó desde la presencia y el aprendizaje. Tomar clases de baile sonidero, integrarnos progresivamente a un club de baile y volver una y otra vez a los mismos espacios transformó nuestra posición: de observar una práctica desde afuera a construir vínculos desde los cuales fuera posible preguntar.
Poco a poco dejamos de mirar solamente cuerpos que bailaban. Comenzamos a conocer vidas. De esos encuentros surgieron las personas que conforman este archivo. No las elegimos para representar la totalidad del universo sonidero. Nos interesaron precisamente sus diferencias: generaciones, territorios, genealogías, maneras de aprender, estilos y formas distintas de construir una presencia en la pista.
Parte de la experiencia de quienes han construido esta cultura con sus cuerpos, los bailadores y bailadoras cuya práctica constituye un conocimiento corporal construido, transmitido y transformado en la pista de baile.
La entrevista fue el primer dispositivo para acercarnos al conocimiento desde la palabra. Pero pronto entendimos que había cosas que la palabra no podía contener. Por eso les pedimos registrar fragmentos de su propia cotidianidad: un día en la vida de, la preparación antes de asistir a un baile, imágenes de sus casas, sus recorridos y sus archivos personales.
De ese material y de sus propias voces surgieron los autorretratos. Nos interesaba que el cuerpo que aparece bailando no quedara separado de la vida que lo sostiene.
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Les pedimos seleccionar una rutina, construirla o recuperarla, darle un nombre y enseñársela a alguien más. Ese ejercicio produjo los tutoriales. Y allí sucedió algo fundamental para la investigación.
Para enseñar, el cuerpo tuvo que detener aquello que normalmente sucede mientras baila. Tuvo que recordar, separar, nombrar, repetir. Decidir dónde comenzaba un paso, cómo podía explicarse, de quién había sido aprendido, qué había cambiado y qué parte de ese movimiento reconocía como propia.
El tutorial dejó de ser un registro. Se convirtió en un dispositivo para observar cómo un cuerpo organiza aquello que sabe.
Al cruzar entrevistas, autorretratos, tutoriales y observación corporal comenzaron a aparecer algunas recurrencias. No encontramos una técnica única del baile sonidero. Encontramos algo quizá más interesante: diferentes sistemas de aprendizaje y transmisión.
El conocimiento circula. Y al circular cambia.
La improvisación tampoco apareció como ausencia de estructura. Para improvisar es necesario haber acumulado repertorio, reconocer la música, escuchar a otro cuerpo, negociar el espacio y tomar decisiones en tiempo real. Improvisar requiere memoria. Y requiere técnica. Pero una técnica que no necesariamente se organiza desde una pedagogía única ni necesita una institución para ser transmitida.
Algo semejante ocurrió con la autoría. Los pasos viajan entre cuerpos. Algunos tienen genealogías reconocibles; otros se modifican tantas veces que resulta difícil establecer dónde comenzaron. Un bailador puede reconocer algo de otro y, al mismo tiempo, transformar ese material hasta volverlo parte de su propio estilo.
La pregunta entonces dejó de ser solamente quién inventó este movimiento. Comenzamos a preguntarnos: ¿qué significa ser autor dentro de un conocimiento que se construye colectivamente? La autoría puede encontrarse también en la manera singular de recibir, organizar, transformar y devolver aquello que circula.
En algún momento entendimos que la investigación había comenzado a devolverse hacia nosotros.
Habíamos llegado preguntándonos si era posible comprender el baile sonidero como una práctica coreográfica contemporánea. Pero los materiales comenzaron a mostrarnos otra cosa.
Nombrar al baile sonidero como práctica coreográfica contemporánea no significa para nosotros incorporarlo a la disciplina de la danza contemporánea. Tampoco significa otorgarle desde la academia, la universidad o el teatro una legitimidad que no necesita. Es una herramienta para mirar.
Una forma de reconocer que allí existen organización, transmisión, repertorio, musicalidad, improvisación, composición, memoria y pensamiento corporal. Y al hacerlo, inevitablemente, la mirada regresa hacia nuestras propias categorías.
El proyecto había sido pensado para culminar en un baile sonidero abierto al público. Después de investigar, registrar y conversar, queríamos volver al lugar donde ese conocimiento sucede: cuerpos bailando con otros cuerpos. Las condiciones institucionales modificaron el dispositivo.
Ese desplazamiento no es menor. La pista permite circular, acercarse, retirarse, mirar y ser mirado. El teatro organiza otra relación: establece frontalidad, distribuye lugares, diferencia escenario y público.
No quisimos borrar esa contradicción del relato de la investigación. Decidimos incorporarla. Porque estos cuerpos no son los mismos cuando cambia el espacio que los contiene, pero tampoco el espacio permanece intacto cuando estos cuerpos lo ocupan.
La pregunta no es solamente qué le sucede al sonidero cuando entra a un teatro. También qué le sucede al teatro cuando estos cuerpos aparecen en él.
Archivo Movimiento Sonidero. Contiene encuentros. vidas, voces, imágenes, pasos, memorias y formas de transmisión que nos permiten acercarnos a un conocimiento que existía mucho antes de que nosotros llegáramos a preguntarnos por él.
Pero el conocimiento que aquí aparece ya estaba en la calle. En alguien aprendiendo al mirar, en un paso transmitido de un cuerpo a otro. En una pareja encontrando cómo escucharse.
No queremos legitimar al baile sonidero. Queremos dejarnos interpelar por él. No queremos demostrar que esto es danza. Queremos preguntarnos qué sucede con la danza cuando dejamos de buscarla solamente donde aprendimos a encontrarla.
Porque hay conocimiento que se escribe. Y hay conocimiento que sólo existe cuando un cuerpo lo hace.
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